Ciertamente esta parte del comic mexicano tiene una estética que se separaba abiertamente de los comics Marvel o DC editados en la misma casa editorial (Novaro) y se acercan más nien a los experimentos editoriales españoles de Carlos Gímenez o Esteban Maroto, que llegaban a Schile descafeinados en las editoriales Zig Zag primero y Quimantú después.
sábado, 29 de noviembre de 2014
Una reciente paliza a a un ladronzuelo de tres al cuatro ha abierto (PARA MÍ) el tema de los vigilantes enmascarados. Creación mexicana, es imposible no recordar a Fantomas, inspiración original de este blog.
Fantomas es un imitador de Robin Hood, que roba a envilecidos ladrones corporativos, ruines dictadores corruptos, banqueros sin escrúpulos, etc. como medida justiciera y para castigar a esos villanos. Los abusadores, violadores y ofensores de las mujeres son sus presas, también los transgresores de los derechos de los humildes, los Juan Pérez sin voz ni voto, en un tinte socialista, muy moderno para su contexto. Eso si, no mata, solo castiga, pero allí con lo que mas le duele al personaje que cae en su lista negra
Es importante recordar que Fantomas es hijo del fenómeno editorial mexicano de los 50s y 60s
Editorial Novaro, produjo una cantidad impresionante de cómics, tanto traducciones de material made in U.S.A. como francés, alemán y sus propias creaciones mexicanas. Aquí mencionaré algunas para que lloren conmigo al recordarlas, los que suman los suficientes almanaques...
Cuentos, Historietas y Variedades de Walt Disney, con las aventuras de los patos, (y el genio de Carl Barks),.las de vaqueros: el Llanero Solitario, Roy Rogers, Hoppalong Cassidy, Red Ryder y el entrañable Castorcito, Tarzan de los monos con esos buscadísimos ejemplares con foto portadas,.uno de mis favoritos, el Halcón de Oro, Tomajauk (así , sin h), el pelirrojo Archi, El conejo de la Suerte, Porky y sus Amigos, Daniel el Travieso, las dedicadas a la ciencia ficción, tales como Historias Fantásticas, Titanes Planetarios, Relatos Fabulosos, Cuentos de Misterio, Titanes Planetarios, Mi Gran Aventura, las tal vez, mas populares, de superhéroes, como Supermán, Batman (que presentaban a Linterna Verde, Flash y los Campeones de la Justicia), Marvila (que englobaba también las historias de Atom y Aquaman),...uffff...y me faltan muchísimas mas!.
No puedo dejar de mencionarlo, eso seria imperdonable, a las ayudantes de la amenaza elegante...las chicas mas sexis y exuberantes dibujadas hasta ese periodo temporal en que yo hubiera posado mis núbiles ojitos de una década de viejos...eran llamadas simplemente por sus nombres clave, como los signos del zodiaco, y había que agregar a Andrómeda , siendo finalmente trece las bellezas.
Por allí le salió un imitador de nombre el Comodín, mezcla de Fantomas y el Guason (el de Batman), con muchos detalles imitados de nuestro héroe, pero sin la calidad de este. Duró muy poco. (salió publicado por la empresa Editormex, ilustrado por el mismo dibujante de Fantomas)
Ruben Lara, bajo el seudónimo de Cosme , fue el mexicano que le dio vida a Fantomas, con un estilo muy dinámico y realista que cautivó inmediatamente a los lectores. Años después fue el lápiz de Victor Cruz el encargado de suceder al de Lara, destacando sobre todo sus féminas, dibujadas en un estilo super sensual. Cuidaba mucho la escenografia, los fondos de las viñetas e incluso la moda de todos los personajes.
Algunos de sus ayudantes, empezando por su hermano Hector Cruz, Jorge Marquecho, Arnulfo Sánchez, Marcelino Vigil y Carlos Ferreira, contribuyeron al éxito de la serie.
Otros ilustradores a lo largo de los años fueron Armando Galicia, y los peruanos Gonzalo Mayo, Juan Roncagliolo Berger y Alberto Ñique.
martes, 8 de julio de 2014
El
éxito fue tal, que el actor se convirtió en el intérprete fetiche de la Cannon.
Su idilio con esta productora le llevó a rodar Código de Silencio (1985, donde ponía freno a una
guerra entre mafias) y la impagable Invasion
USA (1985), donde él solo debe enfrentarse a un ejército comunista
de rusos y cubanos, que invaden Miami por las buenas (sin que los guardacostas
ni las patrullas marítimas vean nada), en una cinta precursora de la obra
maestra Commando (1985), de Arnold Schwarzenegger.
Hoy toca un
clásico del cine bélico, DELTA FORCE, quien tenga una objeción sobre esta
película seguro que crítica por criticar o porque no la ha visto.
Para mi, uno de
los momentos que llegan al alma es cuando Chuck esta cenando y oye las noticias
sobre el secuestro del vuelo 282 de la aerolínea American Travelways con
dirección Atenas-Roma-Nueva York, cabreado tira el tenedor, que seguro que si
los malos pudieran haber visto el gesto, habrían dejado su plan maquiavélico,
porque saben los que se les avecina, Chuck cabreado, en ayunas, y con prisa por
llegara a casa porque se le queda fría la cena (esto ultimo implica: Chuck no
se va a ensañar, te va a dar una ostia que no la vas a ver venir). Es la
culminación de un personaje que ya habíamos visto en Lobo solitario Mac Quade y
en Missing in Action I y II o Invasion USA.
Albergaba muy pocas dudas al respecto de
que este paseo sin rumbo fijo que estoy haciendo por el cine de los ochenta me
terminaría llevando a arribar a las costas de la Cannon. De hecho, en
una inmensa lista de películas que me hice cuando se me ocurrió la idea de
abrir esta “Nostalgia de la peor producción ochentera” figuraban cuatro producciones de
los infames Menahem Golan y Yoran Globus. Lo que de ninguna
manera tenía previsto era que al hacer este repaso revisionando ‘Delta force‘
(‘The delta force’, Menahem Golan, 1986), un filme que ha resistido
horriblemente mal el paso del tiempo y que se hace fuerte en lo de “es tan
mala que es buena”, idea que el otro día aplicábamos a ‘G.I.Joe: la
venganza‘ (‘G.I.Joe: retaliation’, Jon Chu, 2013). Después de un par
de películas de las que hoy no se acuerda nadie, Menahem Golan y Yoram Globus
se preparaban para dar el salto a Hollywood, empujados por el reconocimiento
que la Academia americana había tenido a bien concederle con la nominación a la Mejor Película de Habla no
Inglesa por ‘Operación
relámpago‘ (‘Mivtsa Yonatan’, Menahem Golan, 1977), filme que
Golan había dirigido y escrito basándose en el secuestro de un vuelo de Air
France por parte del Frente de Liberación Popular Palestino en 1976 y que dió
lugar a la Operación Entebbe, nombre este último del aeropuerto ugandés donde
aterrizó el aeroplano —sobre dicha operación rodó Irvin Keshner una pasable
tv-movie que contaba con Charles
Bronson, Peter
Finch y Yaphett
Koto entre sus intérpretes.
Alentados,
como decía, por el inusitado éxito del filme —una cinta poco menos que
olvidable aunque sea de lo más digerible de la filmografía de productores— los
primos adquirieron una pequeña distribuidora que sería el primer paso para que
Menahem realizara su sueño
de levantar su propio gran estudio de cine. Un sueño que,
arropado en el notorio mal gusto del que ambos hacían gala los llevaría a
producir sin ton ni son cerca de ¡100 películas! entre 1979 y 1990, ganándose
el merecido apodo de los “Go-Go-Boys“
que le puso la prensa norteamericana por su propensión a dar luz verde a TODO aquello que pasara por sus manos.
Y si importante había sido para la
pareja de israelitas conocer a Charles Bronson, igual o mayor relevancia
supondría darse de bruces con cierto karateka de barba pelirroja que elevaría
el cine de acción de la década a inesperadas cotas de patadas giratorias: Chuck
Norris ya era famoso en el mundo del cine de patadas desde aquél combate en el Coliseo
de Roma (con una memorable aparición de un gato) que lo enfrentara a Bruce
Lee en la escena final de ‘El furor del dragón‘ (‘Meng long
guojiang’, Bruce Lee, 1972), pero sería su intervención en las dos entregas de
‘Desaparecido en combate‘ (‘Missing in action’, Joseph Zito, 1983) lo
que terminaría convirtiéndolo en leyenda viva —cualquiera se lo discute a este
buen señor— del cine de género B.
Sería tras las dos citadas entregas de
aquellos horrendos títulos y después de ‘Invasión U.S.A‘ (id, Joseph
Zito, 1985), filmes todos de una ideología con cierta tendencia a situarse a la
derecha del Tea Party, (la loquilla de Sarah Palin) que llegaría el ansiado
momento de Menahem Golan de demostrar que su visión cinematográfica era
capaz de convertir un filme de acción en verdadero arte, aunque para ello
tuviera que renunciar a sus pretensiones de llegar a hacerse con la ansiada
Palma de Oro de Cannes que tanto deseaba. Era la hora de ‘Delta force’.
Un
cóctel…¡¡¡explosivo!!!
‘Delta force’, que recibe su nombre del
grupo real de operaciones especiales antiterroristas del ejército
norteamericano, nace originalmente como un remake – casi exacto- de ‘Operación relámpago’ por voluntad expresa
de un Golan que quería acercarse de nuevo a la historia de la operación
Entebbe, suavizando el politizado mensaje que la cinta original acarreaba
—recordemos aquí que Menahem se apellidaba en realidad Globus y que,
nacionalista israelí profeso, cambió su apellido por el de Golan para hacer
honor a las dos victorias del ejército de su país en los Altos del Golán sobre
las fuerzas sirias tanto en la Guerra de los Seis Días (1967) como en la
de Yom Kipur (1973)—.

Para conseguirlo, Golan mezcló sin pudor
alguno su gusto desmesurado por el tipo de cine Gran Hotel a lo Vicky Naum) (que
representaban ‘Aeropuerto‘ (‘Airport’, George Seaton, 1970) y todas sus
secuelas, con los nuevos modos del género de acción de la década de los ochenta
que para 1986 ya estaban plenamente asentados: sólo a través de tan ecléctica
mezcla puede explicarse ese dos por uno al que hago referencia en el título de
esta entrada. Con un arranque que muestra el final de la operación Eagle
Claw — el fiasco mediante el que la administración de Jimmy Carter
quiso ponerse al día con el militarismo americano poniendo fin a la crisis de los rehenes de la embajada
americana en Teherán, la misma crisis con la que arranca ‘Argo‘ (id, Ben
Affleck, 2012)—, aunque el que así sea no se nos explique en ningún momento,
‘Delta force’ se estructura en dos partes bien diferenciadas.
La primera, que ocupa algo más de una
hora de metraje, es la que muestra el secuestro de un avión de la ficticia
compañía aerea ATW, anagrama de la TWA, (¿) por parte de dos terroristas
libaneses, dividendo Golan su discurso narrativo entre la creciente tensión a
bordo del avión y el operativo que comienza a montarse en Estados Unidos para
rescatar a los pasajeros. Este primer tramo de la cinta, basado directamente en el secuestro del vuelo
847 de la TWA de 1985, resulta bastante correcto y si pasamos por alto
el descaro de alguna elipsis y lo risible de ciertas interpretaciones —ya sean
de actrices de la talla de Hanna Schygulla, ya de néofitos como el David
Menachem que interpreta, es una figura literaria, a uno de los dos
terroristas—, es lo mejorcito que se rodó en la Cannon en toda su existencia.

Al tocar tierra el avión y pasar la
cinta de thriller a desenfreno de acción e irse a tomar viento fresco toda la
credibilidad del filme. Tomando aquí el guión las referencias reales de la
citada operación Entebbe, es en la eterna segunda parte del filme donde asistimos
a toda la pirotecnia descontrolada que la contención de la primera hora había
evitado mostrar. Con el “todo vale” por bandera, a Golan se le va
completamente de las manos el espectáculo de cinco pistas que intenta
orquestar, y a cada minuto de proyección, la faceta “seria” de la producción
deja paso cada vez más al absurdo humor derivado de las mil y una explosiones
sin sentido, de las persecuciones carentes de lógica y de lo imposible que, en
sí mismo, es ese héroe a prueba de balas inventado enterpretado por el buenazo
de Chuck Norris.
Con nuestro barbudo pegando tiros a todo
bicho viviente, dando una única patada —¡lástima!— y acabando con lo que se le
pone por delante con su motocicleta ultraequipada, ‘Delta force’ se va al garete irremisiblemente conforme se
acerca su conclusión. Atrás quedan 128 (¡!) minutos de metraje —a los
que una tijera y una buena mesa de edición les habrían sentado espléndidamente—
por los que se han paseado caras tan conocidas como las del ultra bronceado Robert
Foster, bastante convincente como el otro terrorista libanés, o el ajado Lee
Marvin en la que sería su última intervención en la gran pantalla, y en los
que hemos tenido que soportar una y otra vez la machacona melodía que un Alan
Silvestri en horas bajas compondría en los mismos modos sintéticos que ya
le habíamos escuchado en ‘El vuelo del navegante‘ (‘Flight of the
navigator’, Randal Kleiser, 1985) un año antes.
·
El
dibujo de la cabecera no tiene precio. Que Norris ponga la misma cara
disparando una ametralladora que yendo a comprar mermelada de frambuesa no es
nada extraño, pero que Lee Marvin dispare un bazooka de lado mirando al frente
y con cara de carné de identidad eleva la profesión de ilustrador hasta límites
insospechados.
Lástima de despedida de Lee Marvin, aunque
afortunadamente su huella en el cine no quedó precisamente por esta bazofia,
por más mala-buena que sea.
En resumen: ¡ el Horror... el horror...! es una cinta
tan TERRIBLE como ENTRETENIDA. Golam demuestra que como director es LAMENTABLE,
como guionista es en exceso REVANCHISTA... pero sin embargo logra una de las
películas MÁS FAMOSAS de la inefable Cannon Pictures. Un clásico de la acción
serie B de los 80 con Chuck Norris, de esas que hicieron las delicias de los
amantes de la acción de videoclub más SIMPLE y quw se reestrena de vez en
cuando en los únicos cines pulguientos que aún quedan.
De lo mala que es... es FRANCAMENTE RECOMENDABLE.
miércoles, 19 de marzo de 2014
El diablo en la señorita
Jones (1973) es un filme sobre la liberación extrema de
una represión, y es narrado de manera oscura y por momentos densa para
luego huir hacia lo existencial. Justine Jones es una solterona (Spelvin
tenía casi cuarenta cuando hizo el papel) que se acaba de suicidar a la usanza
más simplona: se corta las venas con una hoja de afeitar mientras se da un baño
de tina. Por suicida el cielo le está vedado. Para poder cumplir con las normas
del purgatorio, elige la lujuria como modo de saldar sus cuentas espirituales.
"Si lo hubiera sabido, habría vivido la vida de otro modo", dice
Justine. "Habría hecho todo aquello que me dijeron que no hiciera", y
es cuando el diablo le da la oportunidad de regresar a la tierra y hacer lo que
le venga en gana. Ella se muestra de acuerdo y conoce a su instructor
(Harry Reems, el mismo actor de Garganta profunda, otra película importante de
Damiano). “Si hay que irse al infierno, que sea por una buena razón”, tal y
como señalaba el afiche de la película.
Y es así como Justine, en el reverso del personaje de Sade, emprende la mejor de sus lecciones, en una suerte de purgatorio de placer donde a partir de su primer conocimiento del falo, comienza a empoderarse con aquello que nunca gozó. Justine comienza su "educación sentimental" hurgando en diversos cuerpos y posibilidades (oral, anal, de a tres, de a cuatro), siendo aún más atrevida y sinuosa que una Simone en la Historia del ojo de Bataille (si cambiamos los huevos por mangueras, plátanos o serpientes). Justine pasa de virgen a ninfómana célebre en unas cuantas secuencias.
Georgina Spelvin construye su personaje en base a lo anticanónico del porno: mujer de rasgos toscos, poco agraciados pero sensuales, madura, con una actitud demasiado herida como para encarnar o prodigar placer y con un cuerpo diferente a las más afamadas porn star. Spelvin relató que el actor Harry Reems la motivó a hacer la película, luego de que participara en un casting: "Pero los productores y Gerry (Damiano) dijeron: "Pero tiene el pecho plano y casi cuarenta años. ¡Qué quieres hacernos!". No hará falta que diga que a mí la idea de interpretar un papel protagonista me intrigaba. Mi ego despertó y prácticamente me engulló de un bocado".
El diablo en la señorita Jones puede ser vista como una película sobre la represión provocada por la religión, pero más que todo, y quizás la idea que le valió a Damiano su lugar en la historia del porno, sobre el infierno real, idea adepta al meollo de aquella pieza de Sartre (A puerta cerrada) y que es "parafraseada" de modo evidente en el final: el infierno son los otros. En el epílogo, Justine, tras haber dado curso a todas las formas de la lujuria, es llevada al infierno, un cuarto cerrado donde es condenada a pasar su vida junto a un hombre sin libido, ante un impotente que no le apetece ningún contacto carnal (interpretado por el mismo Damiano). Una tragedia. Ahora me pregunto, qué le habrá esperado a Damiano. Por lo pronto, queda revisitar su película más notable, un clásico que hace años escapó de las salas porno para archivarse en filmotecas y cines arte
https://www.youtube.com/watch?v=LmbkI5QTmoEEl diablo en la señorita
Jones (1973) es un filme sobre la liberación extrema de
una represión, y es narrado de manera oscura y por momentos densa para
luego huir hacia lo existencial. Justine Jones es una solterona (Spelvin
tenía casi cuarenta cuando hizo el papel) que se acaba de suicidar a la usanza
más simplona: se corta las venas con una hoja de afeitar mientras se da un baño
de tina. Por suicida el cielo le está vedado. Para poder cumplir con las normas
del purgatorio, elige la lujuria como modo de saldar sus cuentas espirituales.
"Si lo hubiera sabido, habría vivido la vida de otro modo", dice
Justine. "Habría hecho todo aquello que me dijeron que no hiciera", y
es cuando el diablo le da la oportunidad de regresar a la tierra y hacer lo que
le venga en gana. Ella se muestra de acuerdo y conoce a su instructor
(Harry Reems, el mismo actor de Garganta profunda, otra película importante de
Damiano). “Si hay que irse al infierno, que sea por una buena razón”, tal y
como señalaba el afiche de la película. Y es así como Justine, en el reverso del personaje de Sade, emprende la mejor de sus lecciones, en una suerte de purgatorio de placer donde a partir de su primer conocimiento del falo, comienza a empoderarse con aquello que nunca gozó. Justine comienza su "educación sentimental" hurgando en diversos cuerpos y posibilidades (oral, anal, de a tres, de a cuatro), siendo aún más atrevida y sinuosa que una Simone en la Historia del ojo de Bataille (si cambiamos los huevos por mangueras, plátanos o serpientes). Justine pasa de virgen a ninfómana célebre en unas cuantas secuencias.
Georgina Spelvin construye su personaje en base a lo anticanónico del porno: mujer de rasgos toscos, poco agraciados pero sensuales, madura, con una actitud demasiado herida como para encarnar o prodigar placer y con un cuerpo diferente a las más afamadas porn star. Spelvin relató que el actor Harry Reems la motivó a hacer la película, luego de que participara en un casting: "Pero los productores y Gerry (Damiano) dijeron: "Pero tiene el pecho plano y casi cuarenta años. ¡Qué quieres hacernos!". No hará falta que diga que a mí la idea de interpretar un papel protagonista me intrigaba. Mi ego despertó y prácticamente me engulló de un bocado".
El diablo en la señorita Jones puede ser vista como una película sobre la represión provocada por la religión, pero más que todo, y quizás la idea que le valió a Damiano su lugar en la historia del porno, sobre el infierno real, idea adepta al meollo de aquella pieza de Sartre (A puerta cerrada) y que es "parafraseada" de modo evidente en el final: el infierno son los otros. En el epílogo, Justine, tras haber dado curso a todas las formas de la lujuria, es llevada al infierno, un cuarto cerrado donde es condenada a pasar su vida junto a un hombre sin libido, ante un impotente que no le apetece ningún contacto carnal (interpretado por el mismo Damiano). Una tragedia. Ahora me pregunto, qué le habrá esperado a Damiano. Por lo pronto, queda revisitar su película más notable, un clásico que hace años escapó de las salas porno para archivarse en filmotecas y cines arte
Y es así como Justine, en el reverso del personaje de Sade, emprende la mejor de sus lecciones, en una suerte de purgatorio de placer donde a partir de su primer conocimiento del falo, comienza a empoderarse con aquello que nunca gozó. Justine comienza su "educación sentimental" hurgando en diversos cuerpos y posibilidades (oral, anal, de a tres, de a cuatro), siendo aún más atrevida y sinuosa que una Simone en la Historia del ojo de Bataille (si cambiamos los huevos por mangueras, plátanos o serpientes). Justine pasa de virgen a ninfómana célebre en unas cuantas secuencias.
Georgina Spelvin construye su personaje en base a lo anticanónico del porno: mujer de rasgos toscos, poco agraciados pero sensuales, madura, con una actitud demasiado herida como para encarnar o prodigar placer y con un cuerpo diferente a las más afamadas porn star. Spelvin relató que el actor Harry Reems la motivó a hacer la película, luego de que participara en un casting: "Pero los productores y Gerry (Damiano) dijeron: "Pero tiene el pecho plano y casi cuarenta años. ¡Qué quieres hacernos!". No hará falta que diga que a mí la idea de interpretar un papel protagonista me intrigaba. Mi ego despertó y prácticamente me engulló de un bocado".
El diablo en la señorita Jones puede ser vista como una película sobre la represión provocada por la religión, pero más que todo, y quizás la idea que le valió a Damiano su lugar en la historia del porno, sobre el infierno real, idea adepta al meollo de aquella pieza de Sartre (A puerta cerrada) y que es "parafraseada" de modo evidente en el final: el infierno son los otros. En el epílogo, Justine, tras haber dado curso a todas las formas de la lujuria, es llevada al infierno, un cuarto cerrado donde es condenada a pasar su vida junto a un hombre sin libido, ante un impotente que no le apetece ningún contacto carnal (interpretado por el mismo Damiano). Una tragedia. Ahora me pregunto, qué le habrá esperado a Damiano. Por lo pronto, queda revisitar su película más notable, un clásico que hace años escapó de las salas porno para archivarse en filmotecas y cines arte
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)








