martes, 8 de julio de 2014


El éxito fue tal, que el actor se convirtió en el intérprete fetiche de la Cannon. Su idilio con esta productora le llevó a rodar Código de Silencio (1985, donde ponía freno a una guerra entre mafias) y la impagable Invasion USA (1985), donde él solo debe enfrentarse a un ejército comunista de rusos y cubanos, que invaden Miami por las buenas (sin que los guardacostas ni las patrullas marítimas vean nada), en una cinta precursora de la obra maestra Commando (1985), de Arnold Schwarzenegger.

Hoy toca un clásico del cine bélico, DELTA FORCE, quien tenga una objeción sobre esta película seguro que crítica por criticar o porque no la ha visto.
Para mi, uno de los momentos que llegan al alma es cuando Chuck esta cenando y oye las noticias sobre el secuestro del vuelo 282 de la aerolínea American Travelways con dirección Atenas-Roma-Nueva York, cabreado tira el tenedor, que seguro que si los malos pudieran haber visto el gesto, habrían dejado su plan maquiavélico, porque saben los que se les avecina, Chuck cabreado, en ayunas, y con prisa por llegara a casa porque se le queda fría la cena (esto ultimo implica: Chuck no se va a ensañar, te va a dar una ostia que no la vas a ver venir). Es la culminación de un personaje que ya habíamos visto en Lobo solitario Mac Quade y en Missing in Action I y II o Invasion USA.
Albergaba muy pocas dudas al respecto de que este paseo sin rumbo fijo que estoy haciendo por el cine de los ochenta me terminaría llevando a arribar a las costas de la Cannon. De hecho, en una inmensa lista de películas que me hice cuando se me ocurrió la idea de abrir esta “Nostalgia de la peor producción  ochentera” figuraban cuatro producciones de los infames Menahem Golan y Yoran Globus. Lo que de ninguna manera tenía previsto era que al hacer este repaso revisionando ‘Delta force‘ (‘The delta force’, Menahem Golan, 1986), un filme que ha resistido horriblemente mal el paso del tiempo y que se hace fuerte en lo de “es tan mala que es buena”, idea que el otro día aplicábamos a ‘G.I.Joe: la venganza‘ (‘G.I.Joe: retaliation’, Jon Chu, 2013).  Después de un  par de películas de las que hoy no se acuerda nadie, Menahem Golan y Yoram Globus se preparaban para dar el salto a Hollywood, empujados por el reconocimiento que la Academia americana había tenido a bien concederle con la nominación a la Mejor Película de Habla no Inglesa por ‘Operación relámpago‘ (‘Mivtsa Yonatan’, Menahem Golan, 1977), filme que Golan había dirigido y escrito basándose en el secuestro de un vuelo de Air France por parte del Frente de Liberación Popular Palestino en 1976 y que dió lugar a la Operación Entebbe, nombre este último del aeropuerto ugandés donde aterrizó el aeroplano —sobre dicha operación rodó Irvin Keshner una pasable tv-movie que contaba con Charles Bronson, Peter Finch y Yaphett Koto entre sus intérpretes.
Alentados, como decía, por el inusitado éxito del filme —una cinta poco menos que olvidable aunque sea de lo más digerible de la filmografía de productores— los primos adquirieron una pequeña distribuidora que sería el primer paso para que Menahem realizara su sueño de levantar su propio gran estudio de cine. Un sueño que, arropado en el notorio mal gusto del que ambos hacían gala los llevaría a producir sin ton ni son cerca de ¡100 películas! entre 1979 y 1990, ganándose el merecido apodo de los “Go-Go-Boys“ que le puso la prensa norteamericana por su propensión a dar luz verde a TODO aquello que pasara por sus manos.
Y si importante había sido para la pareja de israelitas conocer a Charles Bronson, igual o mayor relevancia supondría darse de bruces con cierto karateka de barba pelirroja que elevaría el cine de acción de la década a inesperadas cotas de patadas giratorias: Chuck Norris ya era famoso en el mundo del cine  de patadas desde aquél combate en el Coliseo de Roma (con una memorable aparición de un gato) que lo enfrentara a Bruce Lee en la escena final de ‘El furor del dragón‘ (‘Meng long guojiang’, Bruce Lee, 1972), pero sería su intervención en las dos entregas de ‘Desaparecido en combate‘ (‘Missing in action’, Joseph Zito, 1983) lo que terminaría convirtiéndolo en leyenda viva —cualquiera se lo discute a este buen señor— del cine de género B.
Sería tras las dos citadas entregas de aquellos horrendos títulos y después de ‘Invasión U.S.A‘ (id, Joseph Zito, 1985), filmes todos de una ideología con cierta tendencia a situarse a la derecha del Tea Party, (la loquilla de Sarah Palin) que llegaría el ansiado momento de Menahem Golan de demostrar que su visión cinematográfica era capaz de convertir un filme de acción en verdadero arte, aunque para ello tuviera que renunciar a sus pretensiones de llegar a hacerse con la ansiada Palma de Oro de Cannes que tanto deseaba. Era la hora de ‘Delta force’.
Un cóctel…¡¡¡explosivo!!!
‘Delta force’, que recibe su nombre del grupo real de operaciones especiales antiterroristas del ejército norteamericano, nace originalmente como un remake – casi exacto-  de ‘Operación relámpago’ por voluntad expresa de un Golan que quería acercarse de nuevo a la historia de la operación Entebbe, suavizando el politizado mensaje que la cinta original acarreaba —recordemos aquí que Menahem se apellidaba en realidad Globus y que, nacionalista israelí profeso, cambió su apellido por el de Golan para hacer honor a las dos victorias del ejército de su país en los Altos del Golán sobre las fuerzas sirias tanto en la Guerra de los Seis Días (1967) como en la de Yom Kipur (1973)—.
Delta force 3
Para conseguirlo, Golan mezcló sin pudor alguno su gusto desmesurado por el tipo de cine Gran Hotel a lo Vicky Naum) (que representaban ‘Aeropuerto‘ (‘Airport’, George Seaton, 1970) y todas sus secuelas, con los nuevos modos del género de acción de la década de los ochenta que para 1986 ya estaban plenamente asentados: sólo a través de tan ecléctica mezcla puede explicarse ese dos por uno al que hago referencia en el título de esta entrada. Con un arranque que muestra el final de la operación Eagle Claw — el fiasco mediante el que la administración de Jimmy Carter quiso ponerse al día con el militarismo americano poniendo  fin a la crisis de los rehenes de la embajada americana en Teherán, la misma crisis con la que arranca ‘Argo‘ (id, Ben Affleck, 2012)—, aunque el que así sea no se nos explique en ningún momento, ‘Delta force’ se estructura en dos partes bien diferenciadas.
La primera, que ocupa algo más de una hora de metraje, es la que muestra el secuestro de un avión de la ficticia compañía aerea ATW, anagrama de la TWA, (¿) por parte de dos terroristas libaneses, dividendo Golan su discurso narrativo entre la creciente tensión a bordo del avión y el operativo que comienza a montarse en Estados Unidos para rescatar a los pasajeros. Este primer tramo de la cinta, basado directamente en el secuestro del vuelo 847 de la TWA de 1985, resulta bastante correcto y si pasamos por alto el descaro de alguna elipsis y lo risible de ciertas interpretaciones —ya sean de actrices de la talla de Hanna Schygulla, ya de néofitos como el David Menachem que interpreta, es una figura literaria, a uno de los dos terroristas—, es lo mejorcito que se rodó en la Cannon en toda su existencia.
Delta force 4
Al tocar tierra el avión y pasar la cinta de thriller a desenfreno de acción e irse a tomar viento fresco toda la credibilidad del filme. Tomando aquí el guión las referencias reales de la citada operación Entebbe, es en la eterna segunda parte del filme donde asistimos a toda la pirotecnia descontrolada que la contención de la primera hora había evitado mostrar. Con el “todo vale” por bandera, a Golan se le va completamente de las manos el espectáculo de cinco pistas que intenta orquestar, y a cada minuto de proyección, la faceta “seria” de la producción deja paso cada vez más al absurdo humor derivado de las mil y una explosiones sin sentido, de las persecuciones carentes de lógica y de lo imposible que, en sí mismo, es ese héroe a prueba de balas inventado enterpretado por el buenazo de Chuck Norris.
Con nuestro barbudo pegando tiros a todo bicho viviente, dando una única patada —¡lástima!— y acabando con lo que se le pone por delante con su motocicleta ultraequipada, ‘Delta force’ se va al garete irremisiblemente conforme se acerca su conclusión. Atrás quedan 128 (¡!) minutos de metraje —a los que una tijera y una buena mesa de edición les habrían sentado espléndidamente— por los que se han paseado caras tan conocidas como las del ultra bronceado Robert Foster, bastante convincente como el otro terrorista libanés, o el ajado Lee Marvin en la que sería su última intervención en la gran pantalla, y en los que hemos tenido que soportar una y otra vez la machacona melodía que un Alan Silvestri en horas bajas compondría en los mismos modos sintéticos que ya le habíamos escuchado en ‘El vuelo del navegante‘ (‘Flight of the navigator’, Randal Kleiser, 1985) un año antes.
·         El dibujo de la cabecera no tiene precio. Que Norris ponga la misma cara disparando una ametralladora que yendo a comprar mermelada de frambuesa no es nada extraño, pero que Lee Marvin dispare un bazooka de lado mirando al frente y con cara de carné de identidad eleva la profesión de ilustrador hasta límites insospechados.
Lástima de despedida de Lee Marvin, aunque afortunadamente su huella en el cine no quedó precisamente por esta bazofia, por más mala-buena que sea.

En resumen: ¡ el Horror... el horror...! es una cinta tan TERRIBLE como ENTRETENIDA. Golam demuestra que como director es LAMENTABLE, como guionista es en exceso REVANCHISTA... pero sin embargo logra una de las películas MÁS FAMOSAS de la inefable Cannon Pictures. Un clásico de la acción serie B de los 80 con Chuck Norris, de esas que hicieron las delicias de los amantes de la acción de videoclub más SIMPLE y quw se reestrena de vez en cuando en los únicos cines pulguientos que aún quedan.

De lo mala que es... es FRANCAMENTE RECOMENDABLE.

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