El
éxito fue tal, que el actor se convirtió en el intérprete fetiche de la Cannon.
Su idilio con esta productora le llevó a rodar Código de Silencio (1985, donde ponía freno a una
guerra entre mafias) y la impagable Invasion
USA (1985), donde él solo debe enfrentarse a un ejército comunista
de rusos y cubanos, que invaden Miami por las buenas (sin que los guardacostas
ni las patrullas marítimas vean nada), en una cinta precursora de la obra
maestra Commando (1985), de Arnold Schwarzenegger.
Hoy toca un
clásico del cine bélico, DELTA FORCE, quien tenga una objeción sobre esta
película seguro que crítica por criticar o porque no la ha visto.
Para mi, uno de
los momentos que llegan al alma es cuando Chuck esta cenando y oye las noticias
sobre el secuestro del vuelo 282 de la aerolínea American Travelways con
dirección Atenas-Roma-Nueva York, cabreado tira el tenedor, que seguro que si
los malos pudieran haber visto el gesto, habrían dejado su plan maquiavélico,
porque saben los que se les avecina, Chuck cabreado, en ayunas, y con prisa por
llegara a casa porque se le queda fría la cena (esto ultimo implica: Chuck no
se va a ensañar, te va a dar una ostia que no la vas a ver venir). Es la
culminación de un personaje que ya habíamos visto en Lobo solitario Mac Quade y
en Missing in Action I y II o Invasion USA.
Albergaba muy pocas dudas al respecto de
que este paseo sin rumbo fijo que estoy haciendo por el cine de los ochenta me
terminaría llevando a arribar a las costas de la Cannon. De hecho, en
una inmensa lista de películas que me hice cuando se me ocurrió la idea de
abrir esta “Nostalgia de la peor producción ochentera” figuraban cuatro producciones de
los infames Menahem Golan y Yoran Globus. Lo que de ninguna
manera tenía previsto era que al hacer este repaso revisionando ‘Delta force‘
(‘The delta force’, Menahem Golan, 1986), un filme que ha resistido
horriblemente mal el paso del tiempo y que se hace fuerte en lo de “es tan
mala que es buena”, idea que el otro día aplicábamos a ‘G.I.Joe: la
venganza‘ (‘G.I.Joe: retaliation’, Jon Chu, 2013). Después de un par
de películas de las que hoy no se acuerda nadie, Menahem Golan y Yoram Globus
se preparaban para dar el salto a Hollywood, empujados por el reconocimiento
que la Academia americana había tenido a bien concederle con la nominación a la Mejor Película de Habla no
Inglesa por ‘Operación
relámpago‘ (‘Mivtsa Yonatan’, Menahem Golan, 1977), filme que
Golan había dirigido y escrito basándose en el secuestro de un vuelo de Air
France por parte del Frente de Liberación Popular Palestino en 1976 y que dió
lugar a la Operación Entebbe, nombre este último del aeropuerto ugandés donde
aterrizó el aeroplano —sobre dicha operación rodó Irvin Keshner una pasable
tv-movie que contaba con Charles
Bronson, Peter
Finch y Yaphett
Koto entre sus intérpretes.
Alentados,
como decía, por el inusitado éxito del filme —una cinta poco menos que
olvidable aunque sea de lo más digerible de la filmografía de productores— los
primos adquirieron una pequeña distribuidora que sería el primer paso para que
Menahem realizara su sueño
de levantar su propio gran estudio de cine. Un sueño que,
arropado en el notorio mal gusto del que ambos hacían gala los llevaría a
producir sin ton ni son cerca de ¡100 películas! entre 1979 y 1990, ganándose
el merecido apodo de los “Go-Go-Boys“
que le puso la prensa norteamericana por su propensión a dar luz verde a TODO aquello que pasara por sus manos.
Y si importante había sido para la
pareja de israelitas conocer a Charles Bronson, igual o mayor relevancia
supondría darse de bruces con cierto karateka de barba pelirroja que elevaría
el cine de acción de la década a inesperadas cotas de patadas giratorias: Chuck
Norris ya era famoso en el mundo del cine de patadas desde aquél combate en el Coliseo
de Roma (con una memorable aparición de un gato) que lo enfrentara a Bruce
Lee en la escena final de ‘El furor del dragón‘ (‘Meng long
guojiang’, Bruce Lee, 1972), pero sería su intervención en las dos entregas de
‘Desaparecido en combate‘ (‘Missing in action’, Joseph Zito, 1983) lo
que terminaría convirtiéndolo en leyenda viva —cualquiera se lo discute a este
buen señor— del cine de género B.
Sería tras las dos citadas entregas de
aquellos horrendos títulos y después de ‘Invasión U.S.A‘ (id, Joseph
Zito, 1985), filmes todos de una ideología con cierta tendencia a situarse a la
derecha del Tea Party, (la loquilla de Sarah Palin) que llegaría el ansiado
momento de Menahem Golan de demostrar que su visión cinematográfica era
capaz de convertir un filme de acción en verdadero arte, aunque para ello
tuviera que renunciar a sus pretensiones de llegar a hacerse con la ansiada
Palma de Oro de Cannes que tanto deseaba. Era la hora de ‘Delta force’.
Un
cóctel…¡¡¡explosivo!!!
‘Delta force’, que recibe su nombre del
grupo real de operaciones especiales antiterroristas del ejército
norteamericano, nace originalmente como un remake – casi exacto- de ‘Operación relámpago’ por voluntad expresa
de un Golan que quería acercarse de nuevo a la historia de la operación
Entebbe, suavizando el politizado mensaje que la cinta original acarreaba
—recordemos aquí que Menahem se apellidaba en realidad Globus y que,
nacionalista israelí profeso, cambió su apellido por el de Golan para hacer
honor a las dos victorias del ejército de su país en los Altos del Golán sobre
las fuerzas sirias tanto en la Guerra de los Seis Días (1967) como en la
de Yom Kipur (1973)—.

Para conseguirlo, Golan mezcló sin pudor
alguno su gusto desmesurado por el tipo de cine Gran Hotel a lo Vicky Naum) (que
representaban ‘Aeropuerto‘ (‘Airport’, George Seaton, 1970) y todas sus
secuelas, con los nuevos modos del género de acción de la década de los ochenta
que para 1986 ya estaban plenamente asentados: sólo a través de tan ecléctica
mezcla puede explicarse ese dos por uno al que hago referencia en el título de
esta entrada. Con un arranque que muestra el final de la operación Eagle
Claw — el fiasco mediante el que la administración de Jimmy Carter
quiso ponerse al día con el militarismo americano poniendo fin a la crisis de los rehenes de la embajada
americana en Teherán, la misma crisis con la que arranca ‘Argo‘ (id, Ben
Affleck, 2012)—, aunque el que así sea no se nos explique en ningún momento,
‘Delta force’ se estructura en dos partes bien diferenciadas.
La primera, que ocupa algo más de una
hora de metraje, es la que muestra el secuestro de un avión de la ficticia
compañía aerea ATW, anagrama de la TWA, (¿) por parte de dos terroristas
libaneses, dividendo Golan su discurso narrativo entre la creciente tensión a
bordo del avión y el operativo que comienza a montarse en Estados Unidos para
rescatar a los pasajeros. Este primer tramo de la cinta, basado directamente en el secuestro del vuelo
847 de la TWA de 1985, resulta bastante correcto y si pasamos por alto
el descaro de alguna elipsis y lo risible de ciertas interpretaciones —ya sean
de actrices de la talla de Hanna Schygulla, ya de néofitos como el David
Menachem que interpreta, es una figura literaria, a uno de los dos
terroristas—, es lo mejorcito que se rodó en la Cannon en toda su existencia.

Al tocar tierra el avión y pasar la
cinta de thriller a desenfreno de acción e irse a tomar viento fresco toda la
credibilidad del filme. Tomando aquí el guión las referencias reales de la
citada operación Entebbe, es en la eterna segunda parte del filme donde asistimos
a toda la pirotecnia descontrolada que la contención de la primera hora había
evitado mostrar. Con el “todo vale” por bandera, a Golan se le va
completamente de las manos el espectáculo de cinco pistas que intenta
orquestar, y a cada minuto de proyección, la faceta “seria” de la producción
deja paso cada vez más al absurdo humor derivado de las mil y una explosiones
sin sentido, de las persecuciones carentes de lógica y de lo imposible que, en
sí mismo, es ese héroe a prueba de balas inventado enterpretado por el buenazo
de Chuck Norris.
Con nuestro barbudo pegando tiros a todo
bicho viviente, dando una única patada —¡lástima!— y acabando con lo que se le
pone por delante con su motocicleta ultraequipada, ‘Delta force’ se va al garete irremisiblemente conforme se
acerca su conclusión. Atrás quedan 128 (¡!) minutos de metraje —a los
que una tijera y una buena mesa de edición les habrían sentado espléndidamente—
por los que se han paseado caras tan conocidas como las del ultra bronceado Robert
Foster, bastante convincente como el otro terrorista libanés, o el ajado Lee
Marvin en la que sería su última intervención en la gran pantalla, y en los
que hemos tenido que soportar una y otra vez la machacona melodía que un Alan
Silvestri en horas bajas compondría en los mismos modos sintéticos que ya
le habíamos escuchado en ‘El vuelo del navegante‘ (‘Flight of the
navigator’, Randal Kleiser, 1985) un año antes.
·
El
dibujo de la cabecera no tiene precio. Que Norris ponga la misma cara
disparando una ametralladora que yendo a comprar mermelada de frambuesa no es
nada extraño, pero que Lee Marvin dispare un bazooka de lado mirando al frente
y con cara de carné de identidad eleva la profesión de ilustrador hasta límites
insospechados.
Lástima de despedida de Lee Marvin, aunque
afortunadamente su huella en el cine no quedó precisamente por esta bazofia,
por más mala-buena que sea.
En resumen: ¡ el Horror... el horror...! es una cinta
tan TERRIBLE como ENTRETENIDA. Golam demuestra que como director es LAMENTABLE,
como guionista es en exceso REVANCHISTA... pero sin embargo logra una de las
películas MÁS FAMOSAS de la inefable Cannon Pictures. Un clásico de la acción
serie B de los 80 con Chuck Norris, de esas que hicieron las delicias de los
amantes de la acción de videoclub más SIMPLE y quw se reestrena de vez en
cuando en los únicos cines pulguientos que aún quedan.
De lo mala que es... es FRANCAMENTE RECOMENDABLE.